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TRATANDO DE ENTENDER*
(La
cuestión agraria en la Argentina de hoy)
Este documento está preparado con la vocación de entender y
ayudar a entender el agudo conflicto agrario que se está
desarrollando en el país, ante la acumulación de confusiones
que ponen lo secundario delante de lo principal, en un tema
crucial para todos los argentinos. Empecemos por el
principio.
La rentabilidad del productor de granos
Tomando los datos de las fuentes citadas al final del
documento para el período 2007/2008, se llega a los
siguientes valores por hectárea, para maíz, con los precios
y niveles de retenciones actuales.
Caso 1: Maíz en campo propio (dólares/ hectárea)
Rendimiento
7 ton/ha 9 ton/ha
Ingreso de
exportación
1494.4 1921.3
Menos (costos
de producción y comercialización)
Comisión de
exportador
10.0 13.0
Gastos en
puerto
44.8 57.6
Gastos de flete y otros de la chacra a puerto (200 km.)
206.5 266.4
Labores
46.0 46.0
Semilla
89.0 89.0
Herbicidas
39.0 39.0
Insecticidas
5.0 5.0
Fertilizantes
114.0 114.0
Cosecha
68.0 88.0
Menos
(costo de retenciones)
Retenciones
352.8 453.6
Saldo por
hectárea (Margen de beneficio)
519.1 750.6

Debe tenerse en cuenta que los gastos de comercialización
disminuyen si se vende el maíz para alimentos balanceados u
otro uso del mercado interno y aumentan, por supuesto, si se
vende para exportación, en lugares más alejados de los
puertos.
Vale la pena hacer un cálculo primario del retorno del
capital circulante invertido, admitiendo que todas las
labores se hacen a través de contratistas. Tomando el
supuesto más desfavorable – además irreal – de un desembolso
concreto de todos los gastos por parte del productor, al
inicio de la siembra, mas allá que los gastos de la cosecha
y envío a puerto son casi simultáneos con el ingreso por
venta, el beneficio bruto esperado resulta del 91% y del
125% del capital circulante invertido, en 8 meses.
En este marco se puede concluir en forma directa que las
retenciones son un impuesto a la renta extraordinaria; que
esta renta existe y que el instrumento elegido forma parte
del menú de políticas que cualquier país del mundo utiliza,
como hace Noruega con la renta del petróleo, por mencionar
uno solo de varios ejemplos posibles. Puede a continuación
discutirse cómo se asignan los recursos del impuesto, pero
eso es claramente un tema independiente.
La rentabilidad de un fondo de inversión
Caso 2: Maíz en campo arrendado (dólares/ hectárea).
Aquí se supone que quien arrienda es un gran fondo de
inversión con capacidad para obtener descuentos del 10% en
las labores, la semilla y la cosecha y del 15% en los
agroquímicos.
Se estima que el costo del arrendamiento, solo para maíz, es
de 350 dólares por hectárea.
Con estos datos la rentabilidad esperada, calculada de la
misma manera que antes, en 8 meses, resulta del 32% para un
rendimiento de 7 toneladas por hectárea y del 65% para 9
toneladas por hectárea.
Cabe consignar que en esta variante, el dueño de la tierra
tiene un ingreso de 350 dólares por hectárea. Este valor es
menor que el que obtendría si asumiera el riesgo de siembra,
cultivo y cosecha, pero lo independiza totalmente de
realizar labor alguna y lo libera de toda situación azarosa.
Se trata de renta pura. Si bien los campos tienen alta
variación regional de precios, si tomáramos el valor de
referencia como 5000 dólares la hectárea, el ingreso
obtenido sería del 7% sobre el capital fijo, tasa superior a
cualquier colocación financiera, a la cual se debe agregar
la valorización anual del campo y el posible uso de la
tierra para pastoreo los cuatro meses que queda libre.
La alternativa trigo-soja
Para no agobiar con números al lector, se debe señalar que
se han verificado las rentabilidades de la siembra de soja
de primera o de la rotación trigo-soja, con los actuales
precios y niveles de retención, tanto para productores como
para fondos de inversión.
Los valores de ingreso neto esperados por hectárea, para un
productor, están entre 600 y 800 dólares por hectárea. Nunca
menos del 100% anual del capital circulante invertido.
Para un fondo de inversión, el beneficio sería entre 150 y
350 dólares por hectárea. Esto, medido en relación a los
fondos erogados, significa entre 15% de ganancia en 6 meses
y 70% en un año, según las situaciones.
El núcleo del problema
Comienzo por admitir que no estamos hablando de situaciones
con absoluta certeza de resultado. La naturaleza no es
enteramente previsible. Sin embargo, todos los datos
presentados surgen de rendimientos promedios y en ningún
caso de extremos favorables. Salvado este punto, caben
varias reflexiones.
Ante todo: la rentabilidad del negocio de los granos hoy –
con las actuales retenciones - es superior a la de cualquier
alternativa industrial o financiera o también del propio
campo, si se compara con ganadería u otras variantes.
A pesar de lo anterior, los actores del sistema confrontan
su renta presunta con la que hubieran obtenido si no se
hubieran aumentado las retenciones de la soja y el girasol,
incluso con la que obtendrían si no hubiera retención alguna
y se sienten despojados. En algunos casos, la sensación es
inevitable, cuando la medida se tomó estando la cosecha en
pleno desarrollo.
A diferencia de la producción industrial, la producción
agropecuaria se funda en un factor de producción como la
tierra, no ampliable, cuya propiedad otorga derechos de
renta per se. Esto ha sido así siempre y en todo lugar. La
tradición del campo argentino, en particular, es justamente
que la existencia de grandes extensiones en manos de poca
gente convirtió en arrendatarios a quienes, disponiendo de
pequeñas superficies o de ninguna, se equiparon para
trabajar campos de terceros asumiendo parte del riesgo
agrícola. El trabajo de la tierra, con un porcentaje de la
cosecha destinado a recompensar a los dueños de los predios,
es tan antiguo casi como nuestra historia económica.
Hay una convergencia de dos factores, sin embargo, que han
cambiado totalmente el perfil productivo agropecuario, en
los últimos 20 años. Por un lado, la muy rápida difusión de
la siembra directa, con aplicación de herbicidas y
fertilizantes, que minimizan las labores necesarias y
permiten trabajar grandes superficies en mucho menor tiempo
que hace dos décadas. Por el otro, la aparición de capitales
financieros enteramente ajenos al campo, pero que basados en
la mayor predictibilidad de los actuales sistemas de siembra
y cosecha y en la asociación práctica con empresas de
labranza, comparan la renta posible con las ganancias del
plazo fijo o aún de situaciones mucho más volátiles como la
bolsa de valores u otros esquemas de especulación
financiera, y la concretan.
La irrupción acelerada de estos capitales pudo ser posible
asumiendo mayores riesgos que los arrendatarios
tradicionales. En lugar de pagar un porcentaje, debieron
pagar – y pagan – sumas fijas por hectárea, eliminando todo
riesgo en cabeza de los dueños de la tierra.
La muy alta rentabilidad reitero, comparada con el mundo
financiero, atrajo inversores como moscas a la miel. Aumentó
la renta de la tierra y luego el valor de la tierra, de
manera nunca vista antes en nuestra historia.
Finalmente puso a los propietarios ante los siguientes
dilemas:
-
Propietario chico de 50 hectáreas. ¿Me quedo con 25.000
dólares por año de renta fija, arrendando para trigo-soja,
o aspiro a unos 40.000 dólares por año trabajando la
tierra? La primera variante habilita al pequeño chacarero
a intentar una empresa urbana, comercial o inmobiliaria,
con menos esfuerzo y riesgo. La segunda variante produce
mayor retorno, pero obliga a correr detrás de contratistas
o cosechadores cada vez más seducidos para trabajar al
servicio de los grandes grupos. Muchos han optado por el
primer camino.
-
Propietario grande de 1000 hectáreas. ¿Recibo 500.000
dólares al año de renta fija o aspiro a 800.000 asumiendo
los riesgos? Son muchos – muchísimos – los que disfrutan
de la primera opción. Tengamos presente que estos
propietarios son los que siempre han dado en arriendo una
parte de su tierra. Solo que ahora las tasas son
astronómicas.
-
En ambos casos – grandes o chicos – se abrió el camino de
una suerte de cadena de la felicidad, ya que al percibir
arriendos en dinero, éste puede ser luego invertido en los
propios fondos de inversión, aumentando aún más la
rentabilidad, sin involucrarse directamente en labor
agraria alguna.
Las consecuencias sociales de la dominancia productiva de
los fondos de inversión han sido expuestas en numerosos
foros y no son exageradas en absoluto. La despoblación rural
y el empobrecimiento de los sectores de servicios de los
pueblos del interior son consecuencias directas del nuevo
modelo. El bajo interés por las rotaciones; el riesgo de
contaminación hídrica por exceso de nitratos o fosfatos; el
riesgo asociado a la diseminación sin ton ni son de envases
de herbicidas, no puede ni debe ser subestimado.
El esquema de retenciones, como se ha visto más arriba, no
elimina el negocio de los fondos. Lo más probable, en
realidad, que el aumento de retenciones provoque la
disminución del costo de los arrendamientos a futuro, pero
mantenga el negocio de estos grupos.
En lo antedicho está el auténtico núcleo del problema
agrario de hoy. Siempre hubo propietarios chicos y grandes;
quienes explotaron sus campos y quienes no. Pero el actual
modelo de producción rompió la relación entre el capitalista
agrario y la tierra. La instalación del capital financiero
como el dinamizador de la producción agropecuaria provoca
infinidad de distorsiones negativas, que cualquier programa
sectorial debe intentar corregir.
Una conclusión preliminar
El conjunto de la sociedad no está siendo bien informada
sobre este conflicto. No se trata de dirimir – en todo caso
no es el punto central – una puja distributiva entre los
chacareros y el Estado.
Deberíamos aprovechar la controversia y el conflicto para
acordar un modelo productivo que sirva a los productores,
también a sus regiones y al país en su conjunto.,
La línea central de la política debiera ser la
desconcentración, que no es otra cosa que favorecer a los
que tienen las raíces en la geografía argentina. Estimular a
los pequeños productores es democratizar el tejido
productivo. Es parte de una redistribución de ingresos
sustentable.
No es este el lugar ni la pretensión de formular aquí un
programa sectorial completo. Solo se enumerarán facetas a
tener en cuenta para ser coherentes con un propósito
democratizador y de mayor justicia.
- Toda medida de estímulo a cualquier sector o subsector del
campo debería tener como condición que los trabajadores
rurales se desempeñen en el marco de las leyes laborales y
de seguridad e higiene más elementales. No es admisible,
bajo ninguna explicación, que el trabajo en negro entre los
trabajadores del campo sea por lejos el mayor de todos los
sectores.
- Existe un proyecto de ley de arrendamientos, presentado
por dos diputados (Ilarregui y Cantero) en 2006, que busca
acotar el trabajo de los fondos de siembra, dándole
estabilidad mínima de 5 años a los compromisos de arriendo.
A el deberían agregarse compromisos de rotación entre
cultivos y parece una buena medida regulatoria.
- Se debería subsidiar parte de los fletes mayores de 200
kilómetros hasta el puerto, hasta un tonelaje máximo por
productor.
- Se debería computar parte de las retenciones como adelanto
de impuesto a las ganancias, para productores directos con
menos de cierta superficie límite.
- Se podría importar en forma directa herbicidas y
fertilizantes, para su distribución a través de cooperativas
agropecuarias.
- Los pequeños ganaderos deberían tener acceso garantizado a
entregar animales para faena directamente a los frigoríficos
y luego negociar sus reses a través de certificados
transferibles.
- Los pequeños productores lácteos o de pollos o de cerdos
deberían contar con un apoyo concreto de envergadura para
poder procesar su producción hasta llegar a industrializarla
y entregarla directamente al comercio minorista. Esto es
factible en todo el país, especialmente en las regiones más
pobres y hay numerosas experiencias que lo validan.
Tal vez estos ejemplos sean suficientes para mostrar que:
- La política de retenciones móviles es casi obvia y debería
ser mantenida.
- Superpuesto con ella, resulta imprescindible un gran
esfuerzo para corregir la distorsión y concentración de la
estructura productiva, recuperando un rol activo para los
productores asentados en cada territorio.
Fuentes: |